Prólogo (no tan prólogo)

Las crónicas no son más que eso, crónicas. Confesiones. Momentos escritos… míos, tuyos, de otros, de nadie... Los personajes nacen en el interior del cuerpo, son reales, pero se relacionan o expresan con cierta ficción, si es que hay personajes. No se mucho de que se va a tratar esto... solo se que se siembra muy adentro, que viene del esternón, del corazón.

Están dedicadas a vos, a ellos, a mí y a nadie... es para quienes, como yo, alguna vez descubrieron que está bueno llorar letras y producir sentimientos escritos. Para los que descubren y viven, y los que están hartos de vivir. Para los que, como yo, suelen contradecirse hasta lastimarse.

lunes 28 de septiembre de 2009

Tendría que haberlo adivinado, no seríamos buenos para prosperar.... Tendría que haber adivinado que te sería fácil continuar con tu vida y yo... yo en un estanque de desilusión y lúcidez de mentira, sofocadas por el peso de la gravedad... debería haberlo sabido, jamás seré buena para vos.


Y lo que más me altera es saber que siempre estaré contacto...

sábado 12 de septiembre de 2009

30.1 Theory of Nothing

Que lo sientas, no significa que exista, que se corresponda de alguna manera incierta o mágica. Que lo sientas, no significa que sea bueno o ni siquiera implica que algún día te haga daño. A veces, sentirlo hasta significa una ilusión. La imaginación puede ser malvada...
Que lo sientas no implica una realidad, una verdad. Probablemente seas vos y solo vos, y el sentimiento, la confusión. Lo más seguro es que hayas viajado hasta ese lugar, hayas agrandado los caminos, solo para que los pozos no sean tan visibles. Estaría bien pensar que te quieras quedar ahí solo porque lo bueno es demasiado increíble (y debes, sin querer, encontrar los defectos) o porque los defectos no te permiten la satisfacción y aún te atrapa saber que está mal. Y sí, no está nada bien... pero a todos nos gusta el peligro.

martes 8 de septiembre de 2009

Sobre nuestro (posible) futuro

La alondra llega entre la colorida ceguedad del sol en tu reflejo, los millones de dibujos de una infancia pobre, entre tanto lujo de apellido. Guardate para vos el postergar el hambre o la decencia, tengo ganas de perder la razón y llorar rosa tu corazón. No me protejas, te prometo que estaremos bien. Llegará el invierno y estaremos tranquilos, visitaremos un parque, y navegaremos en un cisne de esos que están desgastados. Quizás tomes mi mano, porque pensarás que paso frío o que despertó en mí algún recuerdo de esos tristes. Sentirás mis labios, que ya estarán gastados y partidos por el frío, en los tuyos y comprenderás, cerrando los ojos al vacío infinito, que estaré tranquila, que me gusta el invierno (aunque me recuerde los hechos).
Cuando me regales ese globo verde y me preguntes si aún me gustan los globos, verás como lloro y pensarás que nunca dejé de estar loca. A los 64 años no estaré lo suficientemente vieja para entrar en un geriátrico, seguiré amando los globos, y estaré contenta de morir de frío y nauseas cuando estemos, yo sintiendo tus pulmones en mi oído, en la cima de “la vuelta al mundo”. Y vos solo sonreirás y pensarás que nunca dejaré de parecer una nena cuando hablo, cuando río, lloro o cuando tengo sueño por la noche y hablamos por teléfono.
Será porque ya para esa época entenderás que suelo mostrarme firme aún cuando mis órganos se estén desplomando en mis adentros, que me preguntarás, como siempre lo hacías sin saber de esto, si me pasa algo. Te contestaré que no, y te verás guardar la duda en un cajón oscuro, junto con las demás, junto con la incertidumbre y todos mis dolores empolvados. Volveré a prometerte que todo seguirá bien, y yo continuaré pretendiendo, o no. Quizás esa tarde no me sienta tan inteligente y te cuente un poco más de mi pasado. Entonces lo opaco de ese día y lo oxidado de los años que lleva andando ese trencito de madera, se combinarán en mi cara y en tu hombro y sentirás el peso de mi frente y creeremos, los dos, que no existirá momento más perfecto que el que acabamos de conjugar.
Los enanos de plástico rozarán nuestras caderas y sonarán a contaminación. Nuestras miradas, que todos esos años se habrán fijado en caminar hacia delante, se desviarán hacia la derecha y la izquierda, hasta percibir el color de los olores, hasta controlar los objetos y moverlos. Podrán sentirse los rayos en la piel de los más débiles, podrá verse la cámara lenta mientras el plástico chilla en nuestra piel. En ese momento será cuando a vos te den ganas de apagar incendios con tus ojos, con tus lágrimas amarillas y mis gritos de psiquiátrico. Allí será cuando te preguntaré por qué habremos perdido tanto tiempo y por qué nunca había dejado de sentir miedo. Entonces, me cerraras los ojos con tus ojos. Me dirás que piense en celeste, que deje de preguntarme si estoy en la canción de alguien más, que esa es mi vida, que así se dibuja el paraíso de lo perdido, así sabe el helado en ese país, y que nada está hecho porque sí..
Finalmente, olvidándome de las excusas para posponer, te agradeceré el paseo, dejaré mi rush en tu mejilla y en tus labios una vez más y me verás partir, como la última vez, como todas las veces, antes de que amanezca.


[le robé el invierno y el paseo a Rimbaud]

lunes 7 de septiembre de 2009

Crónica de mi cumpleaños número 18.

Cumplí 18. El desayuno fue una sorpresa de mis amigas. En el colegio me cantaron la tonta canción unas 15 veces y hubo torta, al igual que a la tarde. Hubo amigos, hubo abrazos, regalos, comida. Después de acostarme en la cama con 18 por primera vez (porque se siente distinto, no saben cuanto….) empecé mi nuevo año con empacho y muy cansada por el día anterior. Falté al colegio y, aunque tuve que levantarme para llevar unas cosas muy temprano, la mañana no fue tan mala (me visitó alguien “especial”). Soplé las velitas cuatro veces, y pedí siempre dos deseos iguales y varié el tercero, solo por las dudas.
Ahora empezamos con el tema de las velas y los deseos. Cumplí 18 y le rogué a mis velas que influyeran lo máximo posible sobre las fuerzas universales para que se cumplieran los ritos que necesito. No pedí algo como “quiero  un novio”, fuck for ever, fue la onda con los novios (ni si quiera se volvió a prender la vela una vez que soplé). Si, se siente medio estúpido cumplir 18 y no haber tenido nunca un novio de verdad (es decir, que no esté lejos y realmente te quiera y duren más de 3 meses).  Pero eso, esta vez, no me deprimió.
“Adolescencia”. Vivir una etapa que adolece pero que, supuestamente, es recordada como la mejor de toda la vida. Sí, fui una pendeja complicada (y lo soy) pero, no se si será porque solo me faltan dos años para dejarla o qué, decidí pensar distinto. Por momentos me atacó el típico vacío de cumpleaños infeliz, porque siempre te falta algo, pero entonces adopté y adapté la frase que me escribió un pequeño grande alguna vez: “lo esencial es invisible a los ojos”. Empecé a pensar que, por más poco probable que   fuera, quizás ciertas cosas no pasaban porque eran innecesarias o significarían alguna especie de decaimiento de los hechos. Posiblemente, fue todo por caer en la estúpida costumbre humana de querer sentirse “completo”, no se… esta vez tampoco pensé en qué estaba bien y qué mal… solo sentí.
Entonces entré en un coma de felicidad-depresión. Yaz se dio cuenta que me faltó que me llamara alguien y me visitara alguien. Igual traté de no llorar, estaba contenta, pero si pudiese describir el hueco invisible que tenía en el esternón, aún así no podrían imaginárselo. Aprendí, con mis 18, que la empatía es una farsa. Es raro porque yo genero mi mundo dentro del mundo. Es decir, yo creo en los unicornios y a los cinco me atropelló un auto y vos podés decir “ay que horror, me imagino”, pero si no crees en los unicornios, quizás todo tenga un giro distinto.
¿A dónde quiero llegar? No sé. Lo más seguro es que esté buscando una especie de justificación a mi nuevo año mas que la de solo “crecer”. No voy a decir que maduré porque creo que retrocedí varios pasos en la escala de tiempo. Por primera vez, me mostré como soy. No puedo asegurar todavía si está bueno o malo, pero no me tocó fingir en mi cumpleaños. De alguna manera extraña, y a pesar de disfrutarlo, jamás quise que llegara y nunca dejé de desear que terminara. Así y todo, se sintió bien…. Siempre le sentí un sabor amargo a los cumpleaños.